“Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.”

Igual que todos los días. La fuerte luz de una farola se cuela tras el cristal sin persiana. Es hora de levantarse. Se quita la ropa. Se lava lo que puede con el agua de todos los días. Se seca, hace frío, como siempre.
Con la misma ropa de ayer se va hacia la nevera; está casi tan vacía como su estómago. Bebe algo, sabe mal, lo escupe y se resigna, como siempre.
Mamá ya se habrá ido, piensa mientras camina hacia la escuela. Un viento frio se cuela por su camiseta llena de agujeros y el helado asfalto quema las plantas de sus pies mientras las viejas zapatillas piden que las cambien, como siempre.
Miradas descaradas, comentarios en bajo. Los mismos de siempre, como siempre.

Pasa las clases aturdido, en un mundo ajeno. Cachos de papel que la gente tira a la papelera y un lápiz medio mordido perdido en una esquina de un armario, hacen que las clases sean amenas. En su mundo, su madre no es prostituta, su padre está con ellos y puede comer todos los días; e incluso sonreír en un mundo cruel. El maldito timbre de cambio de clase le hace volver a la realidad, como siempre.
No abre la boca casi nunca, pocas cosas le duelen, pero nada le va a alegrar. Nadie le ha visto sonreír, tampoco llorar, sus músculos faciales nunca se han expresado, pero dan pena. Su juventud se perdió nada más nacer, pues la juventud se marchita cuando miras a tu alrededor y tan solo ves lo que puede verse, o eso dicen. Una infancia lenta, aprendiendo a sobrevivir. Aprendiendo a valerse. Aprendiendo nada. Sin amor no hay futuro dicen. Su madre tan joven y tan machacada. Él no tiene culpa de no poder verla casi nunca. Cree que es un estorbo para ella. SI no hubiera nacido, no tendría que trabajar tanto. “Y mi padre, ¿quién es? Mejor dicho, ¿dónde está?” Retórica, preguntas con poca luz. “Si me muero, nadie me echará en falta”. Nadie estará pendiente de él, como siempre.

Otro día cualquiera, después de las mañanas de siempre, al finalizar la clase lee en el encerado una frase:
“Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.”
¡Vaya chorrada! Pensó y se fue sin prestar más atención. Los siguientes días no fueron mejores. “Mamá lleva más de una semana sin volver a casa. Esperaré un poco más.”

Una espera en vano, una búsqueda trivial, una esperanza inútil, una ilusión pueril. Una madre le hubiera gustado haber disfrutado. Un padre con el que poder hablar de fútbol como sus compañeros de clase. Unos amigos con los que hablar. Un libro que poder leer. Familia con la que poder contar. Hermanos con los que poder aprender. Una chica, un amor, un sentimiento.

Camina solo, como lo lleva haciendo toda su corta vida. Es un día en el que ha amanecido con unas nubes teñidas de un rojo vivo, un rojo sangre.
Dos vías de metal distanciadas por tablas de madera, indican que ha llegado a su destino. Se sienta sobre una de esas maderas que crujen con solo verlas. Cuanto peso habrán tenido que soportar, pero por lo menos no tienen que aguantar el dolor. Saca de su bolsillo un cacho de papel y un lápiz. No sabe qué poner. La decisión estaba tomada. Las vías vibran. A lo lejos se ve algo. Ya viene. Entonces lo comprende. Sonríe mientras una lágrima se desliza por su mejilla. Así mejor.

A las pocas horas se halló el cuerpo sin vida. Ya sabéis qué había escrito en el papel. Su madre ya había muerto hace una semana.



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Un comentario.

  1. Emm Joven says:

    La otra cara de la moneda.
    Me gusta tio.

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